
La barraca. La casa del diablo. El despeñadero. El lago de la perdición. El abismo sin fin. La cueva maldita. Cloaca de gallinazos… Son incontables los asombrosos nombres que recibe mi bar en este desgraciado pueblo.
Yo había llegado a la edad de 16 años en busca de empleo a este lugar, me crié en un orfanato en el cual fui abandonada a los dos días de nacida por una pareja sin nombre. Las posibilidades eran pocas, sólo se me ofrecía un puesto de mesera en el lugar más desagradable para las damas de la población. Las meseras ocasionalmente en “El bar rojo” hacían las veces de “acompañantes”, lo que me sorprendió pues me es mucho más fácil referirme a ellas como prostitutas; el ambiente era pesado, pero desahogador, y no tuve más opción. Cuatro años después de mi estadía en este lugar, el dueño, Don Severo, me había confiado antes de morir la propiedad del bar.
Soledad, así me llaman todos los que me conocen, no se por qué, nunca dije mi verdadero nombre a nadie, ahora casi ni lo recuerdo. Soy yo la dueña de tan nombrado lugar. Lo que no saben las honorables damas del pueblo, es que en este sitio tan despreciable para ellas se confunden unas con otras las historias de tristeza y melancolía de cada uno de los hombres de la región.
En la esquina derecha al fondo del bar siempre está Pedro, un hombre de unos 55 años y cuyo aspecto de maldad aleja a cada persona de él; nunca pronuncia ni una sola palabra excepto para pedir una botella de brandi diaria que al parecer es su único confidente. Se dice entre las personas que Pedro es totalmente desgraciado desde el día en que su papá fue encontrado muerto al lado del río cuando él era un niño. Lo que pocas personas logran descifrar, es que ésa mirada perdida encierra algo más que maldad. Es cierto que suele confundirse, pero es la tristeza la que no deja a este hombre vivir en paz, y no es por su padre por quien es así, es por el infinito sufrimiento de su madre quien enloqueció extrañamente el día de su cumpleaños número 18.
En la mesa central se puede encontrar por lo menos cinco días a la semana a Amanda, la antigua esposa de Don Severo y quien se había entregado tanto al negocio familiar que llegó a ser la prostituta más deseada de toda la zona. A su esposo nunca le importó, y es ese hecho el que la amarga. A sus 45 años de edad posee una figura envidiable, unas piernas torneadas que siguen siendo la debilidad de muchos desgraciados, y un aire de arrogancia en su voz y en su mirada que es el mayor atractivo que se encuentra en ella según los rumores. Siempre con un cigarrillo en la mano, espera al ser vagabundo que liberará en el campo entre las miradas ocultas de los árboles.
Al lado de la entrada, en la mesa más vieja que hay, con las patas desniveladas, la madera a punto de ser devorada por la polilla y los clavos que unen los soportes con el mesón a punto de ceder, está Ángel, el hombre más joven y que paradójicamente es quien más frecuenta este lugar. Es difícil encontrar a Ángel en un momento de sobriedad, y aún cuando se le halle, es difícil reconocerlo, pues su estado natural es el de alguien quien no parece estar cuerdo totalmente. Para muchas personas el estado de este hombre es totalmente incomprensible, su familia es una de las más adineradas de la región, su esposa es la mujer más hermosa que se pueda ver, y el futuro que se le preveía era totalmente exitoso. Pero nadie sabe lo que lo atormenta en realidad, nadie conoce ese secreto que por años ha ocultado, sólo las copas y yo tuvimos ese privilegio.
En la barra dos o tres viajeros beben cerveza cada día. Unos cuantos revoltosos hacen presencia en la noche y terminan en una pelea que casi siempre es la clausura de la jornada, la obra teatral con la que se cierra el negocio.
Este ambiente de bohemia, de paz y de guerra, de amor y de odio, de sentimientos encontrados y secretos abrumadores, este ambiente en que el muchos desmoronan su futuro y otros lo construyen, acá donde todo es posible y nada es real se encuentra el refugio de los corazones, pero en especial es mi refugio, es mi fortaleza, es mi nada, pero también es mi todo. Es mi barraca.