
“Están en algún sitio, concertados, desconcertados. Sordos, buscándose, buscándonos. Bloqueados por los signos y las dudas. Contemplando las verjas de las plazas, los timbres de las puertas, las viejas azoteas. Ordenando sus sueños, sus olvidos. Quizá convalecientes de su muerte privada” Fragmento del poema Desaparecidos, Autor: Mario Benedetti.
El 24 de agosto de 2005 Doña Ángela González recibió la triste llamada, su hija menor con la voz entrecortada le decía que otro de sus hijos había muerto. El día se tornó oscuro y el silencio fue interrumpido por el llanto de una desconsolada madre golpeada por la vida con la pérdida de un hijo por segunda vez. Después de reaccionar un poco a la noticia sintió la necesidad de conocer los detalles de los hechos, pero fue aún más desconsoladora la respuesta: No había cuerpo, no se sabía nada, no se podía preguntar nada, sólo se sabía que Hernán, su hijo mayor, había salido en la mañana, y en las horas de la tarde su esposa recibió una llamada amenazante donde se advertía que no se podía poner sobre aviso a las autoridades.
El desespero se apoderó de aquella mujer que no hallaba respuestas en ningún lugar, no podía concebir que su hijo simplemente hubiese desaparecido sin dejar rastro, ese tipo de cosas no eran comunes en una familia de origen humilde y que ya había sufrido con rigor los absurdos del destino.
En la noche del mismo día doña Ángela emprendió su viaje hacia Medellín, el más largo y agotador de todos, doce horas de recorrido desde la ciudad de Bogotá que se convirtieron en 12 eternidades. Mientras esperaba en la terminal de buses el mundo se reducía a su alrededor, las voces la ensordecían y su memoria vagaba en los recuerdos de su hijo, el más responsable, el soporte de una familia fragmentada por los malos tratos de un padre, el ser encargado de velar por el bienestar de cada una de las personas que le rodeaba. “Mi propia existencia dejó de significar, solo rogaba a Dios un milagro, tan sólo un favor del cielo” cuenta esta mujer con los ojos llenos de lágrimas.
Al llegar a la casa de su hijo encontró a toda la familia reunida alrededor de un álbum de fotografías en donde se guardaban los recuerdos de los últimos siete años de vivencias, cuenta Doña Ángela que todos la miraban expectantes, como esperando que trajera tras de si buenas noticias, pero el silencio solo prolongó el triste encuentro. Dos escalones arriba del primer nivel de la casa se encontraba su nieto quien le preguntaba a su hermana mayor: “Anny, ¿ya sabe que mi papá se fue para el cielo?”, la inocencia de un niño de tan sólo cinco años recordó a la familia lo tortuoso del hecho, él pequeño pensaba que su papá había muerto de una enfermedad, no preguntó si lo podía ver, tampoco como sucedieron las cosas, tan solo lloró en el costado de su hermana y buscó refugió en cualquier lugar que le recordara a su padre.
La mañana del día siguiente transcurrió en la esperanza de encontrar algo que indicara la ubicación de Hernán, pero las posibilidades se agotaban, el temor era el impedimento más grande que tenían para pedir ayuda. Desaparecido, sin una despedida, sin una última sonrisa, en algún lugar o en ninguna parte, sin una tumba, sin cristiana sepultura, ése era uno de los hecho que más atormentaba a la desconsolada madre, no poder entregarle a Dios el bienestar e su hijo más allá de lo terrenal.
Aunque nadie quería resignarse a la pérdida de su ser querido la única opción que encontraron fue ofrecer un entierro simbólico. En una pequeña caja de madera Doña Ángela junto a sus hijos y nietos guardaron una foto, cartas hechas por todos los que guardaban la esperanza de volver a ver a Hernán y una hoja con una oración que encontraron en su billetera. Adornada con flores, la caja de madera hizo las veces de baúl fúnebre, se suponía que allí se albergaba el cuerpo de quien se fue un día sin despedirse, se ofreció una misa en su nombre con la petición de un eterno descanso, como dando por hecho su muerte, sin siquiera haber pasado más de 72 horas.
Pasados tres años la hija mayor de Hernán decidió sacar del cementerio la caja en que se habían guardado las cosas de su papá, al igual que su abuela no pudo resignarse a dar por muerto a alguien a quien no había visto morir.
Cada día que pasa doña Ángela y su familia se debaten en la encrucijada de estar resignados o esperanzados, cada quien ha seguido su rumbo de diferentes maneras, pero todos tienen en común el mal sabor que dejó la desaparición de su familiar.
Más allá de las barreras impuestas por el hombre o por lo divino, todos los desaparecidos dejan en sus hogares el ideal de volver a encontrarlos.
“Están en algún sitio, nube o tumba. Están en algún sitio, estoy seguro. Allá en el sur del alma, es posible que hayan extraviado la brújula y hoy vaguen preguntando ¿dónde carajo queda el buen amor? Porque vienen del odio” (Desaparecidos-Mario Benedetti)