Sentenciado

 

Era una mañana triste como ninguna, los rayos del sol se confundían con el brillo inerte de rocío de la madrugada; él, sentado en la ventana contemplaba cada detalle y por su memoria pasaban cada uno de los recuerdos de su vida.

Aquel día en que nació su hija Virginia, sus piernas temblaron, la respiración se le cortaba, sus ojos brillaban con la intensidad de mil soles y todo su ser se estremeció al ver los ojos saltones de una pequeña deseosa de vivir. La pobreza no pudo opacar la felicidad del momento, pero después de la euforia, la realidad lo atropelló de nuevo.

Los días pasaban y cada vez se hacía más difícil subsistir, con la crisis económica llegó el invierno, y este trajo tras de sí una peste difícil de controlar. Para el infortunado hombre la situación no podía ser peor, tan sólo un par de semanas después del nacimiento de su hija su esposa enfermó, no podía cuidar de la pequeña, ni mucho menos le era posible trabajar. En el lapso de una semana la mujer se desvaneció con Virginia en sus brazos, murió una noche fría, silenciosa y tranquila.

Eran sólo aquel infortunado hombre y su pequeña, el mundo era un lugar de ensueño al que quizá nunca tendrían la posibilidad de pertenecer, era un lugar aislado y exclusivo para quienes habían sido privilegiados en la vida, era un lugar del que habían sido expulsados como Adán y Eva del paraíso.

La nada era el todo de aquel par de personas, su único refugio era la presencia constante del otro. Era el cuarto cumpleaños de Virginia, y solo hasta ese momento aquel hombre notó que su hija nunca había pronunciado ni una sola palabra, no le era extraño ya que se había acostumbrado a vivir en silencio, él ya no recordaba cual había sido la última vez en que había hablado con alguien, quizá por eso Virginia nunca sintió la necesidad de expresar con palabras lo que sentía, ambos poseían la habilidad única de entenderse tan solo con una mirada.

Recordó como desesperado por encontrar algo que regalarle a su hija se aventuró en aquel mundo ajeno a él, y en un rincón halló un pequeño tesoro, una cajita de música vieja y sucia, pero que seguro sería algo perfecto para Virginia.

Al llegar donde su hija se sintió ansioso por la reacción de la niña al ver el obsequio que él mismo había arreglado para ella, al principio Virginia no entendió de qué se trataba, pero cuando abrió la cajita y escuchó la melodía que salía de ella sus ojos se llenaron de lágrimas y por primera vez en cuatro años de su boca salieron unas palabras: “Papá, te amo”. Ese, momento fue el más alegre de la vida de aquel hombre, era ése instante su único refugio.

Una noche, mientras vagaban por las calles en busca de un porvenir, una tormenta los sorprendió a la intemperie, ambos estaban débiles y cansados, pero Virginia era quien más sentía rigor de la mendicidad. Se refugiaron bajo un árbol, la niña fue envuelta por los brazos de su padre, la tormenta duró toda la noche, y ambos se sumieron en un sueño profundo. En la mañana el hombre despertó, pero su hija no reaccionaba, no despertaba del sueño en el que se había sumergido. Salió en busca de ayuda, pero fue ignorado, aquel mundo le dio la espalda. Regresó donde su hija con las manos vacías, Virginia murió en brazos de su padre. Un grito de desconsuelo rasgó el silencio. Aquel hombre juró vengarse del mundo que le había arrebatado a su hija. Desde ese momento no intentó más subsistir, solo vagaba errante por las calles sin destino alguno, las cosas que hacía no tenían sentido y los hechos le eran cada vez más incoherentes.

…Sentado en la ventana contemplaba cada detalle, depronto apareció aquel ser lleno de poder y frialdad con una figura que pocos se atreverían a desafiar, se acercó al infortunado, a aquel que no pronunciaba nunca ni una sola palabra, lo tomó del brazo y lo llevó a una pequeña sala donde había cinco o seis personas, lo sentó una silla y fue atado de pies y manos con correas.

Antes de sentir la corriente que acabaría con su vida pronunció sus últimas palabras, y quizá las únicas dichas en sus ocho años en prisión: “Hoy me toca descansar”. Las luces desaparecieron y el cuarto fue invadido por un aire de melancolía y tristeza.

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